La vida te da golpes por todos los lados, y encima cuando menos los esperas. Aunque, gracias a esos golpes, creces como persona y aprendes a vivir de una forma más sana; aprendes a enfocar la vida de forma distinta y a adquirir un equilibrio emocional, ese que todos buscamos.
Sólo tengo diecinueve añitos, pero ya he recibido algunos palos; y los que me quedan. Sólo espero irme haciendo cada vez más fuerte para poder superarlos.
Al fin y al cabo, en la vida hay que arriesgarse. Si sale bien, triunfas; si sale mal, aprendes. Ésta debería ser la premisa fundamental de la educación emocional.
Hoy en día, los padres no se preocupan por enseñar a sus hijos a sentirse bien; se les da apoyo económico, protección, y lo mejor de lo mejor: los mejores colegios, las mejores ropas, las mejores marcas, los mejores juegos… ¿pero qué hay de la educación emocional? Se da por hecho que LA VIDA tiene que enseñar eso, y así será. Pero no estaría mal que se enseñara a controlar las emociones desde pequeños; se evitarían muchos sufrimientos.
Quizás, los padres se ven desbordados ante la explicación de un mundo tan complejo como el de las emociones… pero resulta irónico constatar cómo el área más importante del ser humano (la afectiva) es, justamente, la más descuidada.