Cuando cumplimos años nos suele dar por reflexionar sobre nuestra vida y hacer un balance de cómo nos encontramos. Tal vez, si hubiera escrito sobre esto hace unos meses, habría dicho que estaba perdida, sin rumbo, a la deriva.
Sin embargo, mi actitud ha cambiado durante estos meses de atrás, en los que me he dado cuenta de lo importante que es encontrarse bien con uno mismo. Eso sólo se consigue rodeándote de gente auténtica que te haga sentir especial, y adoptando una filosofía de vida coherente con tu forma de ser.
Es, justamente en ese momento, cuando recapacitamos sobre todas las cosas que hemos vivido, y las personas que han pasado por nuestra vida; me refiero a las que ya no forman parte de ella.
Al final descubres que puedes agrupar a las personas de tres maneras: aquellas que hacen mucho ruido y, después, se van con su escándalo a otra parte, aquellas personas huecas que pasan desapercibidas, y aquellas (la minoría) que dejan huella, y cuya melodía recuerdas a cada instante.
Todas ellas nos han aportado aprendizajes durante nuestras cortas vidas, pero eso no es lo más importante. Las importantes son aquellas personas que siguen estando ahí, porque significa que hay motivos suficientes para asistir, día a día, a sus conciertos, y sí, somos sus “fan number one”; aunque haya días en los que se olviden la letra o desafinen. El gesto es que salen a la pista para tocar sus mejores canciones, y sólo para nosotros. Eso no lo hace cualquiera.