Que alguien me diga que esto no es el fin del mundo. En realidad no importa, son palabras sin sentido para mí. Son un remedio de intenciones que se materializan en momentos en que te encuentras sin fuerzas para seguir adelante; momentos en que miras hacia atrás y ves un pasado azul oscuro, pero azul al fin y al cabo. Un pasado manchado de nubarrones grises, tormentas negras y un sol cuyos rayos brillaban a intervalos, pero siempre brillaban, luchando por anteponerse a las nubes.
Ahora miras adelante, a eso llamado (sin mucho acierto) "futuro"; y ves todo teñido de un color apagado, tenue, delicado, un color azul oscuro casi negro. Porque, aunque tengas toda tu vida por delante, siempre llega ese momento en que quieres gritar al mundo que estás harta de sonreír a la infelicidad, que tiras la toalla, que ya no quieres luchar, que ya no puedes más, que eres una puta egoísta que no quiere seguir creciendo. Y, por mucho que nos moleste reconocerlo, el problema es que somos seres humanos que necesitamos personas, hechos e ilusiones para seguir adelante en nuestro camino.