Éste no ha sido un buen año. De hecho, creo que ha sido de los peores de mi vida. El único hecho positivo ha sido el nacimiento de mi pitufo, que me ha traído ilusión, bienestar y alegría cada vez que lo siento. Pero han vuelto fantasmas del pasado, que con poco acierto he seguido, y he confiado en personas que no merecían mis detalles. Espero haber aprendido de los errores: cuando un capítulo se cierra, si lo vuelves a abrir, no te aportará nada bueno, por eso se cerró en su momento. Hay que ser consecuente. Y es, en este momento, en el que te das cuenta de que a la gente le falta mucha madurez hoy en día.
Por lo menos me queda la esperanza de que no tendrán que pasar muchas cosas buenas en el nuevo año para que supere a éste, desastre en lo profesional y en lo personal. La situación del país no ayuda, no me gustan los valores pobres de la gente, las pocas aspiraciones que tienen y los que se mueven en círculo en torno a esa tristeza llamada dinero. En tiempos duros es complicado sacar una sonrisa, pero prometo seguir haciéndolo por él, por quien ha sido y seguirá siendo mi prioridad número uno y mi proyecto de vida, aunque muchos no lo entiendan. Cuestión de alturas.